El terror en lo humano, el resto es confeti

Por Javiera Salas

Aunque amo el terror, no suelo verlo demasiado. Siempre he sentido que muchas películas
confían más en el jumpscare (susto repentino) que en construir un miedo que permanezca
cuando se acaba.


A pesar de eso, es un género que sigo consumiendo cada cierto tiempo, y hace poco me
encontré con una auténtica joya del terror que no puedo parar de recomendar: las series de
Mike Flanagan, donde los monstruos nunca fueron los fantasmas, sino las personas. Les
hablaré de las tres que he visto del director: La maldición de Hill House, La maldición de Bly
Manor y Misa de Medianoche.


Las dos primeras son adaptaciones literarias: Hill House adapta la novela homónima de
Shirley Jackson y Bly Manor reinterpreta el clásico Otra vuelta de tuerca, de Henry James,
esta vez con una protagonista queer. En cambio, Misa de Medianoche es una historia
original del director y aborda el terror desde otra esfera.


Déjenme contarles brevemente de qué tratan.


La maldición de Hill House sigue a una familia marcada por la experiencia de haber vivido
en una casa embrujada durante su infancia. La serie alterna entre el pasado y el presente
para mostrar cómo ese trauma sigue persiguiéndolos muchos años después.
La maldición de Bly Manor vuelve al tema de los fantasmas, esta vez siguiendo a una au
pair (una especie de niñera inglesa) que llega a cuidar a dos niños en una antigua mansión
atravesada por la tragedia. Aunque comparte elementos con Hill House, construye una
historia distinta y, por momentos, con un tono muy diferente.


Misa de Medianoche no sigue a fantasmas, sino a otra figura clásica del terror que prefiero
no mencionar para evitar spoilers. La serie sigue a Riley, quien vuelve a la isla donde nació
tras cumplir una condena y se reencuentra con la espiritualidad de su pueblo. A través del
padre Paul, reflexiona sobre la fe, la juventud y la muerte.


¿Ahora? ¿Qué tienen estas historias, tan simples en teoría, que llamaron mi atención?
En que el terror está justamente en lo humano. Sí, aparecen figuras paranormales y a veces
utilizan el famoso y odiado recurso del jumpscare. Pero su gracia no radica en eso, sino en
que logra construir las historias, en que nos hace querer y empatizar con los personajes, en
que queremos que se salven de la casa o que escapen de la isla. Y eso no sucede siempre,
por lo que sufrimos a quienes vamos perdiendo en el camino.

Son series tan detalladas que incluso si no disfrutas el terror puedes encontrar belleza en
esta construcción, como cuando en Hill House es el espectador quien ve a los fantasmas,
pero no los personajes, porque están más preocupados del trauma de haber perdido a su
madre y de crecer con un padre ausente.


La belleza de que haya fantasmas literales y de que, en Bly Manor, un fantasma pueda ser
un personaje que se atormenta a sí mismo. O cómo nos hace dudar todo el tiempo de si es
una fantasía de los niños más que una realidad, y preguntarnos si existe o no la mujer del
lago, rescatando muy bien la esencia del clásico de Henry James.


Misa de Medianoche es, a mi parecer, más lenta que las otras dos, pero cuando termina de
desplegarse es incluso más hermosa de observar. No solo logró asustarme con algo cuya
representación ya había perdido todo efecto para mí, sino que me hizo reflexionar
muchísimo y amar el arco de redención de Riley. No exagero cuando digo que lloré a mares
con el final de la serie y con la conversación entre él y Erin sobre la muerte. Qué decir de
ese último capítulo.


Supongo que lo que amé de estas series, y lo que me obliga a ver todo lo que haga Mike
Flanagan (quien también adaptó La caída de la Casa Usher, de Edgar Allan Poe, y está
preparando una adaptación de Carrie, de Stephen King), es cómo logra crear tanta
humanidad y cruzarla con el terror.


No busca separar la experiencia, sino demostrar que el verdadero terror está en lo humano.
Que a veces lo que da miedo no son los fantasmas, sino ser olvidados, o ese instinto de
supervivencia absurdo cuando nos enfrentamos a la muerte. ¿Acaso no hay algo más
terrorífico que ser tremendamente humano?


Como diría mi querida Nellie de Hill House: “Te amé por completo, y tú me amaste igual.
Eso es todo. El resto es confeti”.